viernes, 13 de noviembre de 2015

Elogio de la onicofagia

Hoy hablaré un poco de uno de mis vicios más odiosos pero a la vez más caros: la onicofagia o, en español llano, comerme las uñas.

Todo comenzó con una amiga que en segundo o tercero básico me enseñó esta mala costumbre. Claro, en vez de enseñarme a aspirar neoprén o a tatuarme con aguja de coser y lápiz pasta, me introdujo al oscuro pero encantador mundo de la onicofagia. Al parecer las grandes amistades sacan lo mejor y lo peor del espíritu humano, sin términos medios.

Junto con la técnica, mi amiga me enseñó además el secreto del aficionado. Secreto que compartiré hoy con usted (sí, usted, estimadx), con el fin de aportar mi granito de arena en la difusión de este mal llamado flagelo que, según diversos estudios etnoepidemiológicos y longitudinales, afecta a muchas personas de todas las edades, géneros, formas y colores.

Muchos piensan que uno se come las uñas, y de hecho ése es el significado literal de onicofagia: comerse las uñas. Crasa confusión médica. El auténtico onicófago no se come las uñas. ¿Para qué? Son duras, se astillan y guardan mugre. No, el onicófago se come los dedos, la piel, el cuerito de las puntas. Siempre hay una rendija que queda suelta, una imperfección que interrumpe la tersura de la piel y que es preciso reducir, extrayendo tiras y hebras hasta que no queda ni un cuerito levantado. Se puede partir empleando las uñas, pero generalmente no son suficientes y entonces se hace necesario usar los dientes.

Los odontólogos desaconsejan esta práctica porque destruye la calidad física de la dentadura, perjudicando su funcionalidad mecánica. No obstante, lo que desconoce la ciencia médica (entre cuyos infames legados se cuentan la gran mafia farmacéutica e insignes personajes como el Doctor Muerte) es que la dentadura no es sino el precio a pagar por unos dedos lisos y perfectos. Y como sabemos, los dedos son en su mayor parte lo que nos separa de las bestias y nos hace superiores a ellas en varios aspectos. Es gracias a los dedos que el ser humano comenzó a utilizar herramientas, superando la barrera de la propia fisiología para servirse mejor de las bondades de la naturaleza y para evitar lo peor de ella, en una capacidad que aventaja con mucho incluso a nuestros más cercanos parientes primates.¿Los dientes? ¡Al carajo con ellos! No puedes sacarte el último moco con los colmillos ni tocar medio compás del Concierto de Aranjuez con las muelas. Los dedos, en cambio, sirven al amor y la guerra con la mayor fineza, por lo que bien vale sacrificar una sonrisa Pepsodent por nuestros habilidosos compañeros.

La onicofagia encarna además una hermosa metáfora sobre la autosuficiencia y el ciclo de la vida. Hay neófitos que se deshacen de los cueritos escupiéndolos, pero un onicófago con todas sus letras hace caso del verdadero concepto y se los come. Al igual que cuando uno se chupa la sangre de una herida para reabsorber sus nutrientes, uno se traga los cueros extraídos para recuperar las células. Cual católica hostia, los cueros constituyen el cuerpo de nuestra propia divinidad y deben ser ingeridos en el rito cotidiano e individual de comerse las uñas. La onicofagia reemplaza así el "polvo al polvo" por el "cuerpo al cuerpo", el "uno mismo al uno mismo".

Sin embargo, no por individual se le considere individualista. Este acto íntimo (aunque ejecutado muchas veces en público, casi siempre de manera autómata) une en efímera complicidad a dos personas que encuentran una a la otra en pleno afán. En ciertos bares donde la luz es poca pero la lucidez es profunda, se rumorea de parejas e incluso amigos que se comen las uñas mutuamente, pero no conozco ningún caso de primera mano. Lamentablemente, la persecusión médica ha estigmatizado a muchos de los nuestros, cargándonos con una verguenza inmerecida. La ausencia de registros históricos que den cuenta de su uso antes de la era moderna apunta a que se trataba de una práctica tan natural como respirar, pero la modernidad y su voluntad biopolítica han hecho de ella una práctica proscrita socialmente, y por lo tanto, un acto de resistencia cuya dignidad merece ser restablecida.

Si ha llegado hasta estas líneas, seguramente pensará que estoy rayando la papa. Tranquilx, no quisiera encajarle a nadie mi proselitismo a la fuerza. Explore su cuerpo, y si le nace, canibalice sus dedos, ya sea con mordidas suaves o frenéticas, pero en cualquier caso con amor y respeto. Hágalo con la frente en alto de quien porta el legado de un hábito tan antiguo como recoger moras y siempre con el cuidado de permitir la regeneración, que es lo que en definitiva alarga el deleite de este mal mirado placer.

2 comentarios:

chamico dijo...

También soy miembro del gremio, sin embargo no logro alcanzar el sentido final de plenitud estética, puesto que más bien he terminado por deformar y monstruonizar mis dedos, que eran tan bellos que hasta en un comercial de kapo aparecieron.

Supongo no respeté los tiempos de regeneración.

fabiancocq dijo...

brillante.

Esa parte de la autofagia me recuerda al uroboros, esta serpiente que se come a si misma y se regenera.

https://pbs.twimg.com/profile_images/2314514361/mb7zoqvy9vdyz907nij7_400x400.jpeg

La propongo como bandera de lucha de su minoría alimentaria y, supongo, ética.