lunes, 29 de julio de 2013

Imposibles I

Una noche, mientras me estaba desvistiendo para acostarme, vi una araña caminando por la pared de mi pieza. Agarré un zapato y la aplasté.
Desde chico tengo el miedo absurdo de que si mato una araña o cualquier otro bicho, sus congéneres vendrán en masa a vengar su asesinato. Sé que es casi ridículo, pero no puedo evitarlo. De manera que ya acostado y con la luz apagada, me entregué con terror a esos pensamientos hasta que el sueño me venció.
A la mañana siguiente, las demás arañas no se habían vengado, pero el zapato con que había matado a la araña tenía los pasadores llenos de telarañas con aspecto de estar recién hechas. Ese mismo día moví todas las cosas de mi dormitorio y pasé la aspiradora por todos los rincones como un condenado.

lunes, 15 de julio de 2013

Fractálica

En la luna se reflejaba el sol
Y en éste había un lago de fuego
Donde navegaban bacterias ignífugas
Cuyas colonias irradiaban una luz verde
Que viajaba a través del vacío
Esquivando quásares y asteroides
Hasta dar contra la faz de Qaros Épsilon
Bajo cuyos glaciares descansaban sótanos de petróleo
De las que usufructuaba Merry & Co.
A cambio de doce mil bocanadas diarias y una llama sempiterna
Que iluminaba la fachada sur de la casa
Donde vivía el tata Haroldo
Quien se levantaba con las gallinas
Y cada mañana miraba desde la ventana de su ruco
El paisaje que inflamaba sus pupilas ahumadas
Tragaluces que habían visto en más de cincuenta años
Las entrañas negras de la tierra
La piel nívea de los ventisqueros
Las estepas infranqueables más allá del sector H32
El baile de la aurora boreal
Luceros matutinos a granel
Hasta una lluvia de meteoros rojos, una vez
Y más
El diente de oro que lucía Chico Antón
Los pechos generosos de Alberta
Los primeros pasos de su pequeña Milena
Una gaviota con las alas atrofiadas en el derrame del 43
La huelga del 52
La partida de Milena a Qaros Gamma
La huelga y la matanza del 56
Sus propias manos poblándose de surcos y grietas
Sus últimos dientes y los huecos en las encías
Y hasta los párpados marchitos de Alberta, una vez
Y solo una vez

viernes, 22 de marzo de 2013

El nombre de la muerte

La catástrofe era total. Cansados de intentar pararnos tras una noche entera de remezones sísmicos, permanecíamos sentados sobre el suelo, en silencio, desconcertados. En el tramo de una hora la oscuridad más espesa dio paso al alba, cuya luz permitió dar cuenta del desastre que solo habíamos podido imaginar a ciegas y con el resto de nuestros sentidos.

El sol comenzó a estrechar sus rayos por el entablado de nubes, mostrándonos que todo había sido peor de lo que pensábamos. Los edificios estaban caídos o en llamas, los cadáveres se quebraban en ángulos imposibles, grietas anchas cruzaban la ciudad de esquina a esquina. Ruinas, sangre, destrucción.

Las reacciones de los sobrevivientes no se hicieron esperar. Algunos lloraban y gritaban, otros gemían y temblaban, mientras que unos cuantos golpeaban y arrojaban lejos de sí piedras, tablas o cualquier cosa que tuvieran al alcance. Yo era de estos últimos y creo que agarré unos vidrios rotos o un palo en brasas, porque sentía ardor en las manos. No obstante, cualquier forma de catarsis resultaba insuficiente, pues en un momento mi cuerpo no dio más y caí sobre mis rodillas, apretando los dientes y con los ojos inundados por el trágico panorama.

Cuando creíamos que nuestro abandono no podía ser peor, vimos a una veintena de personas incorporarse, con la vista fija en un punto del horizonte roto. Más bien parecía que habían perdido la visión, prefiriendo quedarse en la oscuridad de la madrugada, cuando aún no dimensionábamos las huellas de la debacle. Tras quedarse un momento de pie, con los hombros relajados en actitud nirvánica, caminaban hasta el borde de las grietas que abrían el suelo aquí y allá, y se arrojaban al vacío.

Uno a uno avanzaban con pasos pulcros, como si una alfombra de hierba floreciera especialmente para mostrarles el camino. Ninguno de nosotros los detuvo. Solo observamos su marcha casi ritual, casi sacrificial, hacia el abismo. Los cuerpos caían hasta el fondo rebotando en golpes secos que, debido a una macabra arquitectura acústica y al silencio general, podían oírse con claridad.

Después de eso, los aullidos de agonía que lanzaban aquellas personas en el fondo de la sima. Cada estertor nos clavaba una espina en la pupila, y sus ecos multiplicaban nuestra conmoción, raspándonos hasta el último hilo del alma.

Entonces aprendimos el nombre de la muerte. Lo oímos en cada grito de aquella mañana, enseñándonos su forma y su sonido, picándonos la piel. El mundo devoraba a sus hijos, llevándose consigo una parte invisible de los sobrevivientes, y hasta el día de hoy me pregunto si aquello fue un castigo o un regalo, una lección hecha carne y que cargaremos en nuestros pechos al dormir y en nuestras manos al despertar.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Said sobre Camus

    Albert Camus, perteneciente a una segunda generación de pied-noir [francés de Argelia], fue un artista de gran talento, cuyas narraciones tempranas sobre la miseria en Argelia le habían otorgado el lugar de un escritor con conciencia y principios. Sin embargo, su más famosa parábola, El extranjero, se ocupa del asesinato de un árabe sin nombre, ni padres ni identidad reconocible. El drama sólo atañe a Meursault, un héroe europeo existencialista para el que Argelia y los musulmanes son nada más que el trasfondo de sus preocupaciones –más elevadas y urgentes– sobre la libertad, la autoridad y la voluntad. En su narrativa, desde La peste hasta El exilio y el reino, Camus utiliza Argelia como trasfondo inerte, cuya posesión hay que defender cuando, luego de la revolución de 1954, la presencia europea se encuentra profundamente amenazada.

    La tragedia de Camus es que no puede verse a sí mismo ni ver la masiva presencia francesa en Argelia como la culminación de más de un siglo de conquista colonial. En lugar de esto, niega con terquedad la prioridad del reclamo árabe y cuando autores metropolitanos como Sartre y Jeanson toman partido abiertamente por el Frente de Liberación Nacional, Camus se opone al reclamo árabe en Argelia y afirma de modo categórico que no es más importante que el de muchas otras razas, incluyendo la francesa, que se han asentado allí. Sin embargo, en virtud de cierta extraña ironía, Camus es leído aún en nuestros días como un escritor francés que examina de modo minucioso las difíciles coyunturas de la ocupación alemana en Francia, por más que su obra está situada de modo explícito en Argelia, donde los árabes son quienes sufren y mueren la mayoría de las veces.

 Edward W. Said 
Cultura, identidad e historia, 2001

domingo, 23 de diciembre de 2012

A todos mis camaradas de casa:
Tengo cinco fusiles infantiles. Están en el arca, cada uno colgado de su clavo. Me reservo el primero, para los demás, puede presentarse todo el que quiera. Si se presentan más de cuatro, los sobrantes deberán aportar su fusil y deponerlo en mi arca. Pues tiene que haber unidad; sin unidad no saldremos adelante. Por lo demás, mis fusiles no sirven para ninguna otra cosa: los mecanismos están estropeados, los cierres se les han caído; solo los gatillos siguen haciendo ruido. Por tanto, no será difícil hallar, en caso necesario, otros fusiles tales. Pero en el fondo, y por ahora, también acepto a personas sin fusil. Los que tenemos fusiles cubrimos en el momento decisivo a los desarmados. ¿Por qué no va a dar buen resultado aquí una táctica que ha sido útil a los primeros farmers americanos contra los indios, si la situación es muy análoga? Así pues, puede renunciarse a los fusiles incluso por mucho tiempo, y ni siquiera los cinco fusiles son absolutamente necesarios; serán utilizados solo porque los tenemos ya. Pero si los otros cuatro no quieren tomarlos, pueden dejarlos. En este caso, yo solo llevaré fusil, como jefe. Pero no debemos tener ningún jefe, de modo que yo también romperé el fusil o lo dejaré.

Franz Kafka
Cuadernos en octavo, 1916

lunes, 6 de agosto de 2012

La duplicación del pronombre reflexivo en el español de Chile

El otro día volvía a mi casa en la 45 y una chica iba hablando por teléfono con un tal Diego. Prometía presentarle (“ahora sí que sí”) a una amiga en el próximo carrete, y lo envalentonaba diciéndole:
Oye, pero no te vai’ a corretearte, no te vai’ a corretear, ¿ah?
La chica repetía varias veces la fórmula de la “doble te”: te voy a contarte, etc. Sin embargo, otras veces no lo hacía, y empleaba correctamente dicho pronombre.

Esto me hizo pensar que, en realidad, este uso lingüístico no es tanto el producto de la ignorancia de la regla gramatical que prescribe el uso de un solo pronombre reflexivo, sino más bien de una forma de lidiar con la ejecución problemática del fonema vibrante simple /r/ al final del verbo en infinitivo (corretearte). La “ere” final supone un problema en su pronunciación, y en vez de omitirlo, se prefiere insertar otro sonido, a fin de “domesticar” fonéticamente dicha consonante.

Existen otras formas de tratar con la “ere” final del infinitivo, especialmente la elisión de la consonante. Pienso por ejemplo en el español andaluz, donde se suele omitir en la pronunciación:
/ma'tar/ > /ma'ta/          /co'rrer/ > /co'rre/
O en el francés, donde las elisiones fóneticas están a la orden del día, también se omite la “ere” final (aunque sabemos que la ejecución francesa de esta letra es distinta):
vouler (querer) = /vu'le/
En el portugués, al unir el infinitivo con un pronombre flexivo, la “ere” también se omite, en este caso marcando ortográficamente esta elisión:
lançar (lanzar)                  lança-lo (lanzarlo)
Otra forma de abordar la “ere” final del infinitivo es la del español caribeño, que nos llega de boca del sonado reggaeton, donde esta /r/ se convierte en una líquida /l/:
/can'tar/ > /can'tal/
En fin, estos ejemplos dan cuenta de que la ejecución de la “ere” final (que es la norma general del infinitivo), puede ser un problema para muchos hablantes, pero que ha sido disfrazado o subsanado con distintas fórmulas, ya sea eliminándola directamente de la pronunciación o transformando su valor fonético.

Creo que en el caso como el de la chica que hablaba por teléfono en la 45, la fórmula consiste en añadir otro sonido (el pronombre “te”), de manera que la “ere”, al quedar como un sonido medio (y no final), pueda ser ejecutada con mayor claridad. Los hablantes hacen este uso especial del pronombre reflexivo porque está más a mano en el pozo mental de sonidos del español, pero no necesariamente por la torpeza de ignorar una norma gramatical hegemónica que, de todas maneras, se imparte en la escuela, a veces de manera intencionada a través de la corrección del profesor o profesora, y la mayoría de las veces simplemente a través del habla “natural”.

Es así que considero que se puede decir que, en gran medida, la duplicación del pronombre reflexivo es en realidad una más de las formas creativas que tienen los hablantes de construir y transformar la lengua para hacerla más funcional a efectos de la comunicación. Que a las finales para eso es el lenguaje, para hablarnos acerca del mundo estableciendo un marco de comprensión mutua, y no para rendir culto a reglas arbitrarias de corrección lingüística.